miércoles, 11 de mayo de 2016

AC/DC - Passeio Maritimo de Algés (Lisboa), 07/05/2016


Ver a AC/DC con Axl Rose como cantante no deja de ser algo extraño, e incluso hasta un poco esperpéntico. De eso creo que no cabe duda. Tan extraño y esperpéntico como lo fuera ver a Queen con Paul Rodgers, a The Doors con Ian Astbury, a los Faces con Mick Hucknall o a Thin Lizzy con Ricky Warwick, por poner algunos otros ejemplos sobre los que se adoptó similar fórmula.

Por supuesto que, de haber podido elegir, la mayoría de los fans hubiéramos preferido que las cosas siguieran como antes. Y que AC/DC estuvieran girando ahora mismo, no sólo con Brian a la voz, sino también con Malcom a la guitarra y Phil Rudd a la batería. Pero las situaciones vienen como vienen y, en este caso, creo que de poco sirve lamentarse y cabrearse. ¿Acaso no es mejor intentar ver la parte positiva del asunto? Porque, por si alguien lo dudaba, os diré que la hubo. Y, además, mucha.



Habrá quien piense que, sin Brian, Malcom y Phil, lo más sensato hubiera sido colgar las botas y poner punto final a la historia. Y habrá quien crea que el único motivo para seguir adelante con esta gira es el verde color del dinero. Yo, personalmente, me abono a ambas teorías. Pero, a la vez, me parecen compatibles con el hecho de intentar disfrutar de un evento único, distinto e histórico. Dos pesos pesados del rock uniendo fuerzas en un mismo escenario.

Axl y Angus son tipos lo suficientemente curtidos ya en este negocio como para saber que en esa noche lisboeta se jugaban algo más que su reputación. De salir airosos del envite, no tendrían problemas para encaminar de forma triunfal el resto de la gira. De ir mal, en cambio, ambos estarían cavando su propia tumba musical. Eso es algo que tenía meridianamente claro desde el momento en que se anunció que el excéntrico pelirrojo sería quien llevase las riendas vocales de la banda. Así que, no sólo ni me planteé deshacerme de mi entrada, sino que, días previos, estaba plenamente convencido de que íbamos a vivir algo grande.

Y sí amigos, le pese a quien le pese, he de decir que el concierto fue magnífico.



De Angus, creo que no cabe dudar. Él siempre tira de la banda en directo y, si acaso, esta noche lo hizo aún más, intentando tapar cada hueco escénico creado tanto por la ausencia de Brian, como por la obligación de que Axl permaneciera todo el show sentado por culpa de su aun maltrecha pierna izquierda.

Pero la atención de la audiencia, no estaba esta vez tan puesta como de costumbre en el pequeño guitarrista y sí en el cantante invitado. Ahí es donde realmente residían nuestras dudas. Y dos canciones fueron más que suficientes para despejarlas. Su exhibición vocal y las ganas que le vimos poner hicieron que, tras finalizar la interpretación de las iniciales “Rock or Bust” y “Shoot To Thrill”, los presentes ya tuviéramos claro que aquello pintaba realmente bien.



“Hell Ain't a Bad Place to Be”, “Back in black”, “Dirty Deeds”. Uno tras otro, los temas clásicos fueron cayendo y nuestra buena percepción continuaba. Para entonces, la interminable lluvia que nos había acompañado todo el día, había cesado ya. El sonido acompañaba, la banda parecía sentirse cómoda y Axl estaba cantando mejor de lo que cualquiera pudiéramos haber imaginado. ¿Había algo más que pudiéramos pedir a la noche? Quizás sí: que nos dieran algún regalo inesperado…

Hace ya muchos años que los conciertos de AC/DC vienen siendo, para bien o para mal, sota, caballo y rey. Uno ya sabe, de entrada, el repertorio que van a tocar y los trucos que van a realizar en cada momento. Sin cambios ni lugar alguno a la sorpresa. Y precisamente aquí, en la sorpresa y las novedades en el repertorio, es donde vino ese deseado regalo que mejoró aún más la velada: “Rock 'n' Roll Damnation”, “Given the Dog a Bone”, “Riff Raff”…

Sí amigos, habéis leído bien: “Rock 'n' Roll Damnation” y “Riff Raff”. La primera, llevaba sin interpretarse en concierto desde 2003. La segunda, desde 1979, que se dice bien y pronto. Y ambas sonaron a gloria bendita.



Quizás fuera porque el tono de voz de Axl se mostró más parecido al del añorado Bon Scott que al del defenestrado Brian Johnson. O quizás porque simplemente la banda quiso dar ese caramelo a sus “old school” fans para compensarles por los disgustos y la incertidumbre vivida. Pero el hecho es que, nunca en los últimos tiempos, AC/DC habían decidido tocar en directo tan pocos temas recientes (sólo 4 del total de 22 interpretados correspondían a discos posteriores a 1981) y tantos de la primera etapa, como esta noche en Lisboa. ¡Hasta un total de 11 de los que sonaron pertenecían a la era Bon Scott! De largo, el mejor setlist que les he visto hacer en las cinco veces que he podido tenerlos frente a frente.



Para cuando los cañones salieron a escena y, con ellos, supimos que el show estaba a punto de terminar, creo que teníamos ya claro que el histórico concierto quedaba sellado con alta nota. El derroche vocal de Axl había sido absoluto, dando incluso la sensación de tener fuelle de sobra para mucho más. Y, su actitud, intachable toda la noche, algo sorprendentemente raro en él. Con cara de estar pasándolo bien, respeto absoluto hacia la banda, simpatía para con la audiencia y entregado a la ocasión. Ni un pero que ponerle.



Imagino que, cuando este breve tramo de conciertos finalice, AC/DC habrán salvado dignamente la difícil papeleta que se encontraron con la salida de Brian Johnson. Axl habrá aumentado, aún más, su cuota de popularidad, antes de retomar con Guns N’ Roses la que será la gira estrella del próximo año. Ambos habrán ganado mucha pasta. Y los fans habrán podido ser testigos de un acontecimiento que figurará en todos los anecdotarios musicales a partir de ahora. A eso le llamo yo una situación win-win en toda regla. 

Así que, por lo que a mi respecta: For those about to rock… We salute you!

viernes, 22 de abril de 2016

Nothing compares 2 U


Lemmy, Bowie y, ahora, Prince.

Los tres se nos han quedado por el camino en los últimos meses, de forma repentina e inesperada. Son días tristes para todos los que amamos la música y lloramos sus pérdidas de forma sincera. Nuestros ídolos van cayendo y, con ellos, se termina una era. Me preocupa tremendamente pensar cuántas otras noticias como éstas vamos a tener que hacer frente, de forma inevitable, en los próximos años. Siempre nos quedará como consuelo, eso sí, la pervivencia de su legado.

Nunca tuve a Prince entre mi grupo de artistas más predilectos, pero siempre mi respeto hacia él fue máximo. Cuando alguien me pedía opinión, yo siempre respondía lo mismo: Prince es, ni más ni menos, que uno de los mayores genios de la historia de la música moderna. Alguien adelantado siempre a su tiempo, capaz de componer de forma excelsa, cantar como pocos y tocar la guitarra (y el piano) con un virtuosismo difícil de igualar. Un extraterrestre, como lo fuera también Jimi Hendrix.

Pero para mí, Prince, además de todo ello, siempre será aquel tipo que cometió una de las mayores brutalidades artísticas del siglo: llenar, en el verano de 2007, las 20.000 butacas del O2 Arena londinense, durante 21 noches de forma consecutiva, interpretando un repertorio completamente distinto cada noche. Y, por si eso fuera poco, 12 de las 21 noches tuvieron además premio extra para cerca de 3.000 afortunados, con una segunda actuación sorpresa en la sala Indigo ubicada en el mismo recinto del O2. En total, cerca de medio millón de personas asistieron a esos 33 shows y le vieron interpretar 819 canciones (616 en el O2 Arena y 203 en el Indigo)… números que asustan y solamente quedan a la altura de eso, de un genio.

Yo, tristemente, nunca tuve la oportunidad de verle en directo y bien que me pesa. En los últimos años pasó a ser para mí una pieza de “caza mayor”. Alguien que estaba en los primeros puestos de mi lista de artistas a los que quería tener frente a frente sobre un escenario. Pero el genio de Minneapolis se nos ha ido antes de tiempo y, con él, la esperanza de poder cumplir mi deseo. Descanse en paz.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Lo mejor de 2015 (II)


Si he de calificar de forma breve mi año conciertístico, valdrían para ello palabras como excitante, memorable o irrepetible. Sin duda, y como dije en el post anterior, uno de los mejores que recuerdo desde que me diera por meterme hace ya más de 25 en este mundillo llamado Rock&Roll.
A diferencia de 2012, 2013 y 2014, donde pude verles hasta en 4 ocasiones, sabía que este año mi agenda de conciertos no podía pivotar sobre los Rolling Stones. No porque la banda no estuviese de gira (que lo ha estado), sino porque andaría demasiado lejos y a desmano como para poderlos pillar.
Así que, a falta de Stones, tuve que buscar otro objetivo. Y la elección no fue casual, sino algo meditado y perseguido desde hace tiempo: poder ver en mayo a Eric Clapton celebrando su 70 cumpleaños en el Royal Albert Hall.
 
Pero antes de ese momento cumbre del año, llegaron otros también apreciables y que creo deben ser recordados. Como mi nuevo encuentro (y van tres) con los Quireboys en enero (¡estos tíos nunca fallan!), mi segundo con The Brew en febrero (tremenda la energía que transmite esta gente en directo), mi esperada (y milagrosa) cita con el mítico Wilko Johnson en abril o la presentación del fantástico disco de Loquillo junto a los Nu Niles en la Riviera madrileña. 
 
Y sí, llego mayo, y con él la hora de la primera visita a Londres del año (en noviembre vendría otra), para asistir al acontecimiento marcado desde el principio con rojo en el calendario: Mr.Slowhand celebraba su 70 cumpleaños con siete conciertos en el Royal Albert Hall y yo no me lo quería perder por nada del mundo. La idea inicial era verle una única noche (la del 17 de mayo), pero, a una semana vista del viaje, se me puso a tiro otro ticket para repetir dos días antes y no lo dudé. Aunque con repertorios casi calcados, ambos conciertos fueron para mí distintos. El primero, especialmente emocionante, mágico e inolvidable. El segundo, algo más frío, quizás por la pérdida del factor sorpresa, pero de nuevo único y tremendamente disfrutable. Una experiencia maravillosa.
 
 
Y después del Clapton, ¿hubo más vida conciertística en este 2015? ¡Vaya que si la hubo, amigos! Sin ir más lejos, mayo terminó y junio empezó para mí con otro de los momentos álgidos del año: la visita de Angus y sus chicos a Madrid por primera vez en ¿siete? años. También aquí hice doblete y disfruté mucho en los dos shows, aunque por distinto motivo. El primero (el del 31 de mayo), por las ganas de reencuentro con la banda y la gran compañía que tuve a mi lado. Y, el segundo (el del 2 de junio), porque AC/DC rayaron a mejor nivel.
 
 
 
Junio trajo también otro momento clásico y álgido que se repite todos los años: el Azkena Rock Festival. Aunque esta vez, el certamen no estuvo a la altura. El despropósito en la confección del cartel (en la segunda de las jornadas faltó un cabeza que mereciera ese nombre) y cierta desidia y mal sonido en los que debían haber sido los triunfadores (ZZTop), provocó que se contasen con los dedos de una mano las actuaciones que merecieran la pena (Sven Hammond, The Dubrovniks, L7, John Paul Keith y Cracker).
 
De vuelta del Azkena, aún quedaba un intenso mes por delante antes de las vacaciones, con el encadenamiento de cuatro citas de alto nivel: la de unos KISS que estuvieron fantásticos y creo cerraron muchas bocas. La de un Paul Weller cañero y perro viejo, presentando su nuevo álbum. La del mito Bob Dylan, delicioso a la par que magnético, pero en un recinto poco acorde a su sobria propuesta. Y la de un (para mi) sorprendente Lenny Kravitz, que rockeo, divirtió y dio muestras de sobrada clase. 
 
En agosto, decidí dar rienda a una pequeña pero deseada locura y me fui hasta Brienz, un pueblo perdido de Suiza para asistir a un festival que tenía como cabezas a Thunder y H.E.A.T., dos bandas casi desconocidas a los ojos del gran público. ¿Mereció la pena? ¡Por supuesto! Y no sólo la mereció, sino que en el concierto de H.E.A.T. viví uno de los momentos más memorables del año.
 
 
Así me planté en el último cuatrimestre, donde aún tenía por delante un viaje musical más. Pero antes, a modo de aperitivo, asistí a la presentación del nuevo disco de Los Deltonos en Madrid (¡grandes Hendrik Röver y sus chicos!) y a la gira cañera del año por excelencia, la protagonizada por Slayer y Anthrax (magníficos ambos).
 
Con ello, llegó noviembre, momento de mi segunda escapada a Londres de 2015. ¿El motivo? Inicialmente, asistir al “Final Tour” de Mötley Crüe. Pero luego la diosa fortuna quiso que ese mismo fin de semana se me pusieran a tiro otros dos conciertos que, a la postre, estarían entre mis favoritos del año: Tedeschi Trucks Band y Tom Jones junto a Van Morrison. Momentos, los tres, para recordar con letras de oro.
 
 
De vuelta de Londres, aun me quedaba un intenso último mes, en el que tuve la oportunidad de ver a Richard Hawley (¡qué ganas tenía de pillarle!), Nikki Hill (tremenda y muy recomendable tipa), Spike & Tyla (memorable la aparición de Spike borracho en el escenario cuando el concierto llevaba casi media hora) y Vintage Trouble (¡menudo pedazo de frontman que tienen estos tíos!).
 
 
En definitiva, otro año más en el que mi rumbo quedó marcado por momentos como los relatados. Momentos que, como ya dije aquí justo hace 365 días, ponen el listón muy alto para ser superados en lo venidero. Aun así, intentaré que 2016 no desmerezca...¡Feliz Año, amigos!
 
MI TOP TEN DE CONCIERTOS 2015:
3.- AC/DC - Estadio Vicente Calderón, Madrid (31/05/15 y 02/06/2015)
7.- KISS - Barclaycard Center, Madrid (22/06/2015) 
9.- Lenny Kravitz - Barclaycard Center, Madrid (20/07/2015) 
10.- Bob Dylan + Los Lobos - Barclaycard Center, Madrid (06/07/2015)

Lo mejor de 2015 (I)


El tiempo vuela, amigos. Parece que fue ayer cuando empezábamos el año y, en un abrir y cerrar de ojos, ya nos vuelve a tocar repasar y hacer balance musical del mismo.

No os voy a engañar: este 2015, en lo conciertístico, ha sido para mí absolutamente excitante, sin duda uno de los mejores que recuerdo. Pero, si hablamos de novedades discográficas que hayan pasado por mi reproductor, no puedo decir lo mismo: cada vez me topo con más mediocridad y menos cosas que me enganchen realmente.

Aun así, creo que ha habido discos notables, como los publicados por clásicos de esos que nunca fallan, como Lemmy y sus Motorhead, Paul Weller, Robben Ford, Richard Hawley o en nuestro país, o el Loco junto a los Nu Niles.

A ellos, cabría también añadir algunas sorpresas positivas con las que a priori no contábamos, como las del “Stone” Bernard Fowler, la de esa banda con chica al frente llamada Halestorm, la de los renacidos W.A.S.P., o la de Igor Paskual y su “Tierra Firme”. Pero también hemos tenido apuestas fallidas, como la del disco “latino” del barbudo Billy Gibbons, la del “Purple album” de Whitesnake o la de esa obra ya menor de Gun llamada “Frantic”.

Dicho esto, vayamos al grano. A lo que nos interesa. A los 10 discos que elijo para mi top ten particular del año:

1.- Keith Richards - "Crosseyed Heart" 

Confieso que, cuando supe que Richards estaba grabando un álbum en solitario a estas alturas, pensé que más bien se trataría de un puro divertimento descafeinado que no habría que tomar muy en serio. Y sí, divertimento es, efectivamente. Pues no en vano, Kiz da rienda suelta en él a todo lo que le (y nos) gusta: riffs stonianos por doquier (“Heartstopper”, “Trouble”, “Nothing Of Me” o “Amnesia”), blues venido del Mississippi (como el del tema que da título al álbum), Rock&Roll de escuela Chuck Berry (“Blues In The Morning”), sonidos country, algunos toques funkies (“Substantial Damage”) y unas pinceladas reggae (“Love Overdue”) para poner color al que, en mi opinión, es ya el mejor y más maduro trabajo del guitarrista de la mayor banda de rock and roll de todos los tiempos.

2.- Thunder - "Wonder Days"

No miento si digo que, al empezar el año, éste era mi disco más esperado. No en vano, aquí escribí sobre él, anticipando y presagiando la gran obra que estábamos a punto de tener en nuestras manos. Classic Rock de muchos quilates. Elegante, trabajado y parido por una banda que sabe lo que se hace. Si no fuera por la irrupción del amigo Keith, sin duda hubiera sido mi disco de cabecera para este 2015. Sólo por temas de tanta clase como “Resurrection Day”, “Broken”, “The Thing I Want”, “I Love The Weekend” o el propio que le da título ya lo merecería. ¡Chapeau para Thunder y este "Wonder Days"!

3.- Chris Isaak - "First Comes the Night"

Chris Isaak es un tío por el que siempre he tenido simpatía, musical e incluso personal. Pero después de dejarnos maravillados en su visita a España de hace algunos años, la simpatía ya no es tal, sino que se ha ido transformando casi en devoción. Es por ello que esperaba como agua de mayo que nos diera noticias sobre un nuevo trabajo. Y ¿qué vamos a encontrar en este "First Comes the Night"? Pues, la mejor noticia es que no encontramos ninguna sorpresa. Chris sigue la línea de su magnífico “Mr.Lucky” y nos regala un álbum lleno de matices, melodías, estrofas de estructura perfecta, estribillos tarareables y aroma cincuentero, de ese que tanto nos gusta: el de Elvis (“Don't Break My Heart”, “Kiss Me Like A Stranger”), Jerry Lee (“Running down The Road”), Roy Orbison (“Reverie”, “Perfect Lover”) y la Sun Records. Una auténtica delicia. Y ojo, porque la edición deluxe viene con cinco temas extra que son también canela fina. Amigo Chris, ¡cuánto te echábamos de menos!

4.- Johnny Hallyday - "De l' Amour"

A finales de 2009, el gran Johnny Hallyday sufrió algunos problemas graves de salud que a punto estuvieron de costarle la vida. Pero resurgió cual ave fénix y, desde entonces, nos ha malacostumbrado, poniendo en el mercado casi un disco por año, todos ellos de enorme calidad. Si ya su “Rester Vivant” estuvo en mi top ten del 2014, ahora vuelve a la carga con un "De l' Amour", que creo incluso le supera. Un álbum intimista, elegante y enormemente cantado y tocado. Desde el rockabilly old school del tema que lo abre y le da título, hasta la melódica “Un Dimanche de janvier” que lo cierra, pasando por las enormes “Dans la peau de Mike Brown”, “Avant de frapper” o “Des raisons d'esperer”, todo en este disco es tremendamente disfrutable. Si las cosas van según lo previsto, a principios del año que viene volveré a escaparme a su Francia natal para verle presentándolo en directo. ¡Grande Johnny!

5.- Tom Jones - "Long Lost Suitcase"

Tiene cierta gracia que, en pleno 2015, al hacer mi lista de discos del año, coincidan en la misma leyendas como Keith Richards, Johnny Hallyday o Tom Jones. En el caso de este último, hace poco escribí aquí mi opinión sobre el paralelismo que veo entre su carrera los últimos años y la que en su momento tuvo Johnny Cash. No sé a vosotros, pero a mí, la reciente trilogía del Tigre de Gales (“Praise & Blame”, “Spirit of the Room” y este "Long Lost Suitcase" que nos ocupa) me huele a kilómetros a los ya míticos “American Recordings” de Cash. ¿Por qué? Pues fundamentalmente por el estilo de las canciones seleccionadas (góspel, blues, country), la poco instrumentación con que han sido grabadas (buscando que predomine y sobresalga la voz por encima de todo) y la absoluta madurez y brillantez con que están cantadas. Todo en este disco, en mi opinión, es brillante y delicioso. Pero, si me tuviera que quedar con algo concreto, lo haría con la que, para mí, es ya la interpretación más mágica y estremecedora que he oído en los últimos tiempos. El tema con el que homenajea a ese amigo con el que coincidió en Las Vegas: "Elvis Presley Blues".

6.- Buddy Guy - "Born to Play Guitar"

I was born in Louisiana and, at the age of two, my momma told my papa: Our little boy's got the blues. I grew up real fast and I've traveled very far. One damn thing's for sure: I was born to play the guitar

Ni más ni menos que así, con el gran Buddy Guy entonando esas frases junto a su guitarra desnuda, comienza este magnífica obra, en el que el mítico bluesman no está sólo: amigos como Billy Gibbons (magnífico el boogie blues rock que se marcan a medias), Kim Wilson y su armónica, Joss Stone y su preciosa voz, o Van Morrison (junto a quien homenajea al añorado B.B. King), ponen su granito de arena y colaboran para dar forma al que, a mi juicio, es el disco de blues del año. Suena a testamento y auto homenaje…si no fuera porque el viejo Buddy aún parece tener cuerda para rato. ¡Y nosotros que lo veamos!

7.- Iron Maiden - "The Book of Souls"

¡Diablos! Hacía años que un disco de los viejos Maiden no me gustaba tanto. Me confieso fan total de la banda, pero más bien de sus primeras épocas. He intentado prestar atención a todos y cada uno de los trabajos que han ido poniendo en el mercado, pero ninguno de los últimos 5 o 6 había conseguido engancharme como lo ha hecho éste. Aquí hay material del bueno, canciones inspiradas y grandes interpretaciones (mención especial a las voces de Bruce, una auténtica maravilla). Su hora y media de duración puede asustar a simple vista, sí. Pero eso en ningún momento se convierte en aburrimiento, lo cual es mucho decir. Escuchad con calma “Empire of the Clouds” y descubrid como una canción de 18 minutos puede tornarse en 18 minutos maravillosos. En unos meses los tendremos por aquí presentándolo. ¡Up the Irons, carajo!

8.- FM - "Heroes And Villains"               

Cuando uno descubre un disco de hard rock melódico de manual, como éste, no queda sino dar las gracias por ello y regocijarse en su escucha una y otra vez. Elegancia, calidad, clase, melodías, estribillos y aroma a esos primeros tiempos del A.O.R. que parecían ya perdidos. “Call on Me”, “Big Brother”, “You're the Best Thing About Me”, “Digging up the Dirt”… Este disco va sobrado de canciones de nivel. Si alguien tiene alguna duda, que le dé una oportunidad. Absolutamente delicioso.

9.- Michael Monroe - "Blackout States"

¿Alguna vez Michael Monroe va a editar un disco malo? Yo, sinceramente, tengo el convencimiento de que, aunque quisiera, no podría. Este "Blackout States" no inventa la rueda, ni tampoco lo pretende. A Monroe le basta con volver a meter en su coctelera las cantidades justas de punk, pop, glam y Rock&Roll, y agitar como sólo sabe él hacerlo. ¿Os gustaron sus anteriores “Sensory Overdrive y “Horns and halos”? Si la respuesta es sí, "Blackout States" será uno de vuestros discos del año.

10.- Def Leppard - "Def Leppard"

Def Leppard sonando nuevamente a Def Leppard. Basta con oir temas como “Dangerous” para darse cuenta de ello. Y puede parecer obvio, pero creo que ahí reside la clave de este álbum. Eso sí, sin malos entendidos: que nadie espere a estas alturas un nuevo “Pyromania” u otro “Hysteria”, porque se sentirá decepcionado. Pero si os basta con el hecho de que los chicos de Sheffield sigan rockeando y siendo fieles a su particular estilo, encontraréis buenos motivos también para ensalzar el disco.


viernes, 27 de noviembre de 2015

Crónica de un triplete en Londres (Parte 3): Tom Jones & Van Morrison (Domingo 8/11/15)


Después de dos noches de altura, en las que habíamos visto a Mötley Crüe, Alice Cooper y Tedeschi Trucks Band, llegaba el momento de poner el broche de oro al fin de semana. Y qué mejor forma que asistiendo a un show único y quizás irrepetible: Sir Tom Jones y Mr. Van Morrison, juntos por primera vez en un escenario.

Es curioso ver cómo, después de 50 años cada uno de carrera, muchas veces paralela e incluso entrelazada (a principios de los 90 llegaron a grabar juntos la canción “I'm Not Feeling It Anymore”), nunca hubieran coincidido en un escenario hasta esa noche. Y ha tenido que ser el Prudential BluesFest quien se apuntase el tanto de lograrlo. ¡Bravo por ellos!.


Con bastante puntualidad sobre el horario previsto, fue Van Morrison el encargado de abrir la velada, al ritmo de “Celtic Swing” y “Close Enough for Jazz”. He de decir que le recibí con cierto escepticismo, motivado por una experiencia anterior no del todo satisfactoria. Allá por 2003, vi al irlandés en Madrid y tengo un recuerdo algo extraño de aquel concierto. Desde el punto de vista musical, no hubo nada que reprocharle aquella noche: clase, calidad vocal y buen hacer con el instrumento. Pero todo lo que me gustó musicalmente, me desagradó como persona: carácter insoportable, egocéntrico y malhumorado. Con continuos gestos de “perdona vidas” al público y de maltrato a su banda. Vamos, un auténtico estúpido encima del escenario (que me perdonen los fans, pero aquello fue lo que sentí esa noche de hace 12 años).

¿Quizás fuera éste el momento de mi redención para con él? Desde luego que yo, aunque escéptico, había ido dispuesto a ello...

El clásico de negro spiritual “Sometimes I Feel Like a Motherless Child” consiguió sacar mis primeros aplausos sinceros de la noche. Me encanta ese tema y tengo que reconocer que la interpretación fue de gran altura. El show continúa in crescendo, desde el punto de vista musical, con “Days Like This” y, sobre todo, “Baby, Please Don't Go”, canción esta última que ya sea interpretada por AC/DC, Aerosmith o el propio Van Morrison, siempre resulta bienvenida.


El artista irlandés se muestra algo más hablador que la anterior vez que le vi. Parece incluso estar de buen humor, dentro de lo que cabe. Pero no por ello deja de lado su pose de “perdona vidas”, y eso es algo que no me gusta. Observo además un detalle que puede parecer nimio, pero me pone de mala leche: cuando sus músicos (excepcionales, por cierto) hacen un solo, se giran siempre hacia él, mostrándose demasiado encorsetados y sin poder tan siquiera mirar al público buscando un merecido aplauso. Parece obvio que se trata de órdenes del jefe, a quien está claro que no le apetece compartir ni una pizca de protagonismo del show. Decisión injusta y errónea, a mi modo de ver.

A partir de ese momento, la banda encadena una serie de temas lentos que hacen que pierda mi atención por momentos y logran incluso sacarme algún bostezoEs indudable la calidad musical de las interpretaciones, pero echo en falta un poco más de marcha. Puede sonar a tópico, pero me hubiera gustado oír “Brown Eyed Girl”, “Moondance” o “Gloria” y ninguna de las tres sonaron esta noche.

Llevamos en torno a una hora de concierto y, de momento, mi opinión es que se está desarrollando por cauces muy mejorables. Pero, de pronto, algo hace que la cosa cambie y yo recupere mi total atención y fe en lo que está por venir: Van Morrison anuncia que esa noche se encuentra con él un viejo amigo, a quien nos pide demos la bienvenida. Señoras y señores, Sir Tom Jones hace su aparición en escena.



Juntos interpretan a dúo cuatro temas (entre ellos el “Sticks & Stones” del maestro Ray Charles y el “I'm Not Feeling It Anymore” mencionado arriba), que resultan sin duda lo mejor de esta primera parte del espectáculo. Con ello se despiden y nos emplazan a un breve descanso, antes de dar paso a lo que promete ser el punto álgido de la velada.

He de reconocer que, tan sólo con ver la planta del Tigre de Gales aparecer por el escenario y oír su inconfundible tono de voz en esos cuatro temas, me he venido claramente arriba.

Sé que es una opinión personal mía que puede resultar chocante, pero hace tiempo que veo un gran paralelismo entre la carrera musical de Tom Jones y la que en su momento tuvo Johnny Cash. Éxito y elevación a los altares, bajada posterior a los infiernos y etapa final de redención y respeto absoluto y unánime de crítica y público. ¡Que me parta un rayo si los excepcionales tres últimos discos de Jones no huelen a los “American Recordings” de Cash desde kilómetros a la redonda! ¿Soy sólo yo o hay alguien más que lo piensa?


Mientras me hago estas reflexiones, las luces se apagan, el público se pone en pie y el escenario se llena de carisma con la entrada de Tom Jones y su banda, al ritmo del “Burning Hell” de John Lee Hooker. Las guitarras rugen y la interpretación vocal no puede ser mejor. Esto sí es lo que yo había venido a buscar.

Sin solución de continuidad, Tom presenta el siguiente tema diciendo que se trata de una de las canciones favoritas de un viejo amigo con el que compartió escenario hace tiempo en Las Vegas. El viejo amigo se llamaba Elvis Presley y la canción “Run On”, góspel blues tradicional que yo también adoro desde que se la oyera cantar al propio Elvis y se la viera hacer años atrás en directo a los Blind Boys of Alabama. Buff…¡menudo puntazo! Ahora sí que la cosa está que arde. Me da que vamos a disfrutar mucho en lo que nos queda por delante…

Otro par de covers de blues tradicional (“Didn't It Rain” y “Til My Back Ain't Got No Bone”), deliciosamente interpretadas, nos llevan hasta la primera prueba de fuego de la noche: “Sexbomb”. Y digo lo de prueba de fuego, porque tenía gran curiosidad por saber cómo el galés iba a dar encaje a esta canción dentro de un setlist en el que parecía no tenerlo. A mi modo de ver, tres eran las opciones: eliminarla del repertorio, tocarla tal cual fue concebida, o adaptarla a los nuevos (y mejores) tiempos que vive ahora el artista. Dado que, por petición popular, la primera no era factible, optó por la tercera, reinventándola de forma meritoria en clave de blues y consiguiendo que para nada desentonara con el resto.



La banda suena como un cañón, sin encorsetamientos absurdos y con cara de estar pasándoselo bien. Y, en contraposición a lo visto en Van Morrison, Tom Jones se muestra amable y encantador desde el primer momento, con continuos gestos de complicidad a sus músicos y palabras de agradecimiento al público.

El concierto transcurre por los mismos (estupendos) derroteros, con temas que mezclan aires country (“Tomorrow Night”, “Raise a Ruckus”) y góspel blues pantanoso (“Soul of a Man”, “Take My Love”, “Don't Knock”), hasta llegar al momento mágico de la velada, con la interpretación, apenas instrumentada y casi a capella, de esas dos joyas llamadas “Elvis Presley Blues” y “Tower of Song”. Confieso que se me pusieron los pelos de punta y los ojos vidriosos al oír como el galés ponía toda su alma cantando “I was thinking that night about Elvis, day that he died, day that he died”. Fantástico e inolvidable.

Si hay otro tema que no podía falta es “It's Not Unusual” y éste fue su momento. Al igual que con “Sexbomb”, su interpretación no fue la habitual que tantas veces hemos escuchado, sino una readaptación más acorde con la ocasión, cosa que personalmente también agradecí. Y con ello y “Baby, It's Cold Outside” (canción que uno imagina siendo tocado por una “big band” precisamente en Las Vegas), llegamos al final del concierto.


El artista se retira al camerino, pero la gente quiere y pide más. Así que no tarda en volver a salir, acompañado de nuevo esta vez por Van Morrison. Juntos se marcan otros tres temas (“What Am I Living For?”, “Goodnight, Irene” y el magnífico “Sometimes We Cry”), antes de despedir la noche por todo lo alto con “Strange Things Happening Every Day”,  un boogie-woogie blues de esos que te hacen mover la pierna como si no hubiera mañana.

Van Morrison se retira con la banda, mientras Tom Jones se queda solo en el escenario, mira al público de forma sincera, vuelve a darnos las gracias por la asistencia al concierto y nos dedica un “God bless you” final. Un auténtico gentleman. Sin duda, el gran triunfador de la noche y quizás del fin de semana. Gracias a ti, Tom. Espero que volvamos a vernos pronto.

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