miércoles, 31 de mayo de 2017

Appetite for Destruction


Verano del 89. Yo, un tierno preadolescente de 12 años, cuyo interés por la música se reduce aún a contemplar la colección de vinilos de mis padres y escuchar compulsivamente algunos éxitos provenientes de la radiofórmula. Mi pandilla de amigos del barrio, tres cuartos de lo mismo. Aun ninguno somos conscientes del cambio que está a punto de producirse en nuestras vidas.

Arturo, el hermano mayor de uno de ellos, nos presta, a Chor y a mi, una cinta en la que tiene grabada una recopilación casera de grupos (para nosotros) desconocidos. No tenemos ni idea de cómo sonará aquello pero, aun así, le damos una oportunidad y pulsamos al “play” de nuestro inseparable “walkman”.

Tras acabar las dos primeras canciones de la cara A, estamos como hipnotizados. No podemos más que rebobinar y volverlas a oír una y otra vez. Nos recorre el cuerpo la sensación de encontrarnos ante algo peligroso, algo que nuestros progenitores no tolerarían que escuchásemos. Y ello le da, si cabe, un plus de emoción y de riesgo.

El primero de los temas se llama “Sweet Child o' Mine” y, el segundo, “Paradise City”. En la carátula, escrito a mano con boli, dice que los intérpretes son unos tales Guns N’ Roses. El resto de canciones de otros grupos grabadas en la cinta, pasan directamente a un segundo plano. Nosotros ya tenemos nuestro flechazo. Pero, ¿quién carajo son esos tipos?. Necesitamos información sobre ellos. Y, sobre todo, más material que llevarnos a los oídos.


Son tiempos en los que, para un chaval, no es fácil hacerse con un disco, más aún si éste es de un grupo foráneo. Pero, de nuevo Arturo nos salva la vida, consiguiendo que un contacto le grabe el álbum entero y, haciéndonos, él a su vez, una copia de la cinta a nosotros. “Appetite for Destruction” se llama. Curioso nombre éste.

En los dos años posteriores, escucho esa cinta no ya decenas, sino quizás varias centenas de veces. Me aprendo cada estrofa, cada guiño, cada riff, cada solo de guitarra. Decoro mis libros del colegio con fotos de la banda. Me compro una camiseta con las pistolas y las rosas. Y fantaseo con poder ir a verlos alguna vez a un concierto

Comienzo a interesarme por otros grupos: los Stones, AC/DC, Aerosmith, Skid Row, The Cult, Ramones,… Todos ellos me gustan mucho. Pero, cuando las cosas se ponen feas, siempre acabo acudiendo a mi cinta del “Appetite for Destruction”.


Verano del 91. La banda está a punto de publicar nuevo material. Ni más ni menos que dos álbumes dobles llamados “Use Your Illusion”. Mis expectativas andan por las nubes, más aún si cabe, después de oír ese pepinazo de tema de adelanto llamado “You Could Be Mine”. Pero, una vez que caen en mis manos, el suflé se desinfla un poco. Está claro que no son para nada malos discos, sino todo lo contrario…pero palidecen al compararlos con mi “Appetite for Destruction”.

Escucho en la radio que Izzy Stradlin, mi “gunner” favorito, ha dejado la banda. Y eso no me gusta ni un pelo. Inconscientemente, me encuentro ante el principio del fin de mi idilio con ellos.

Poco a poco, dejo de prestarles atención y nuestros caminos se van separando. Otros grupos han tomado el relevo en mi lista de favoritos. Pero, aun así, no hay mes del año que no acuda, al menos una vez, a mi cinta del “Appetite for Destruction”. Aquello se ha transformado ya casi en un ritual.

Verano del 97. La formación clásica de la banda, se desvanece definitivamente. Slash y Duff están también fuera y, Axl Rose, no es ya más que un esperpento. Cada noticia nueva en la que aparece el nombre de Guns N’ Roses, me produce una mezcla de rubor, tristeza y vergüenza ajena, que, en los siguientes años, se torna en indiferencia. Pero, aun así, nunca dejo de acudir a mi cita periódica con el “Appetite for Destruction”.


Abril de 2016. Veinte años después, Axl, Slash y Duff vuelven a aparecer juntos encima de un escenario, en el mítico Troubadour de Los Ángeles. Recibo la noticia y el anuncio de su Not in this lifetime Tour” de forma escéptica y con un feeling no del todo positivo. Pienso que aquello no es más que una reunión a medias (Where's Steven?, Where's Izzy?) que apesta a “todo por la pasta”. Pero, tan pronto comienzan a filtrarse fotos y videos de los tres magníficos en actitud de compadreo, y repertorios plagados de temas del jodido “Appetite”, el gusanillo comienza a picarme de nuevo. ¡Demonios! ¡De nuevo me muero de ganas por verlos juntos interpretando esas canciones!

Mayo de 2017. Si tuviera que elegir un disco, sólo uno, que haya marcado hasta el momento mi vida, sin duda sería el “Appetite for Destruction”. Por supuesto que hay muchos otros que considero imprescindibles, inigualables, obras maestras. Pero él es quien me abrió la puerta a un mundo, el de la música, que desde entonces es mi pasión.

El próximo domingo, tendré la suerte de poder ver en Madrid a tres de los tipos que participaron en su creación, interpretándolo, en su mayor parte, encima de un escenario. Y eso me hace feliz. Pero nada hubiera sido igual sin esa cinta que, en una calurosa tarde del verano del 89, llegara a nuestras manos a través de un amigo llamado Arturo. Desde aquí, ¡gracias por ello!


viernes, 24 de marzo de 2017

Tedeschi Trucks Band – Kongresshaus (Zurich) 18/03/2017


¡Susan, por favor! ¡Tenéis que ir a tocar a España! ¡Hemos venido desde allí sólo para veros! Y no es la primera vez, sino la segunda. ¡En 2015 ya viajamos hasta Londres por el mismo motivo! ¡Somos grandes fans de vuestra música!

“¿Habéis venido desde España hasta Zurich sólo por nosotros? Wow! ¡Muchísimas gracias! ¡Nos encanta España! ¡Nos gustaría mucho tocar allí! Pero el problema es que difícilmente nos saldría rentable…

Esa fue la confesión que nos hizo una amabilísima Susan Tedeschi al final del show, con cara mezcla de sorpresa y agradecimiento, mientras que Derek asentía con la cabeza a todo lo indicado por su mujer.

Y no por cierta y esperada resulta menos triste su respuesta. Está claro que tiene que ser complicado cuadrar los números para conseguir rentabilizar su venida, habida cuenta de los gastos que supone desplazar a 12 músicos y la moderada repercusión que tendrían en nuestro país. Pero, a la vez, resulta una auténtica pena que la única forma de poder catar a una de las bandas actuales con más calidad, mejor gusto y excelsa propuesta, sea haciendo las maletas y poniendo rumbo fuera de la península Ibérica.


Porque, si algo pudimos contrastar en el show del sábado pasado en Zurich, es que estos tíos van en serio. La Tedeschi Trucks Band actual ya no es la banda revelación que en 2012 ganó el Grammy al mejor disco de blues con su álbum de debut “Revelator”. Ni siquiera sigue siendo la agradabilísima sorpresa que pudimos ver hace un par de años en Londres. En este 2017, son ya una realidad más que contrastada, avalada por tres enormes discos de estudio y cientos de conciertos a sus espaldas. Más engrasada y en la que los músicos tocan aún mejor. Una banda que no deja de subir peldaños en el escalafón y que empieza a ser ya todo un referente de un género musical y una forma de hacer, tal y como lo fueron sus adorados Allman Brothers en el pasado. Una banda que, si el mundo de la música fuera justo, estaría destinada a marcar una época. Y no, amigos. No creáis que exagero. Lo que tienen Susan y Derek entre manos es algo muy grande.

Uno se da cuenta de ello desde el mismo momento en que salen a escena y da comienzo el concierto, de modo absolutamente vibrante, con ese pepinazo llamado “Anyhow”. Dos baterías, bajo, teclados, tres coristas y una triple sección de vientos ponen toda la carne en el asador, mientras la guitarra slide de Derek ruge y la preciosa voz de Susan marca su territorio. Por momentos, nos da la sensación de que quizás muestra un pelín de afonía al cantar alguno de los fraseos. Algo mínimo y nada preocupante, pero que nos hace ponernos en guardia de cara a su observación en canciones posteriores. El sonido del auditorio es magnífico y las cosas, salvo por ese pequeño detalle, no pueden empezar mejor.


Don't Know What It Means” toma el relevo, sin solución de continuidad. Susan domina la escena y se atreve con su primer solo de guitarra de la noche, antes de ceder protagonismo al saxo y dejar que éste se adueñe de la canción y la lleve hasta una orgía de cerca de cinco minutos de improvisación a ritmo de funky jazz.

De momento, el repertorio se centra en su espléndido último disco “Let Me Get By”, pero sabemos que esto no durará mucho tiempo. La banda es amante de realizar en sus shows un buen número de versiones clásicas y la primera de ellas no se hace más esperar: ni más ni menos que la marchosa “Keep On Growing”, escrita por Eric Clapton en su etapa de “Derek and the Dominos”. Y en ella, el jefe absoluto pasa a ser el otro Derek, el nuestro, el que ahora nos ocupa. Tira de galones, hace que los focos se pongan sobre su cabeza y se marca un espectacular solo de guitarra in crescendo, primero sin slide y luego con él. ¡Bravo!

La tranquila, a la vez que preciosa “It's So Heavy” pone un poco de freno a la ya desatada noche y sirve para que Susan luzca de forma absoluta su voz. Si aún nos quedaba alguna pequeña duda de que pudiera presentar una ligera afonía, terminamos por resolverla. Todo está en orden. Falsa alarma y nada que temer.

Sabemos que en la banda son enormemente fans de los Beatles y que difícilmente hay concierto en que no suene algún tema suyo (¡hasta tres tocaron la otra vez que les vimos en Londres!). En esta ocasión, el elegido es “Within You Without You”, canción de influencia hindú que los de Liverpool incluyeron en su “Sargento Pepper’s” y a la que, la voz de Susan y la guitarra de Derek, dan un aire muy interesante, hasta terminar por fusionarla con otro tema propio sacado de su último álbum (“Just As Strange”).

La noche se torna de nuevo funky con “Get Out of My Life, Woman” y Susan cede el testigo vocal a su corista principal (Mike Mattison), cuya presencia irá aumentando desde ese momento en el concierto. Las dos baterías funcionan como una locomotora y la sección de vientos atrona, pero es el bajista en este momento quien capta mi atención. Su labor es fabulosa. Discreta y en segundo plano, pero complicada y tremendamente sólida. Un seguro de vida para el resto de la banda.


Al igual que hacían los Allman Brothers, Tedeschi Truck Band suele tocar dos sets de aproximadamente una hora en cada concierto, separados por un breve descanso. Así fue cuando los vimos en 2015 y así esperábamos que fuera esa noche en Zurich. Miro el reloj mientras suena “Idle Wind” y me doy cuenta de que nos encontramos cerca de esa primera hora. Ello, junto a que el tema se alarga en una enorme jam final, me hace pensar que no hay duda de que estamos ante el cierre de la primera parte del show. Pero, para mi sorpresa, una vez que la jam termina, Susan se queda en el escenario, acompañada por su guitarra y dos de los coristas, y comienza a interpretar la siguiente canción. Se trata de “Color of the Blues”, una versión del artista country George Jones que, cantada así, desnuda de instrumentación y casi a capela, no puede sonar más fabulosa.

La banda vuelve a salir por completo al escenario y el aire country de la tonada anterior deja paso al jazz de Nueva Orleans con otro tema incluido en su último disco (“Right on Time”). Parece que comienza a estar claro que, en contra de lo que habíamos pensado, no tiene pinta de que vayan a hacer dos sets distintos separados por un descanso, sino más bien todo del tirón.


La variedad de estilos que abarcan estos tipos es algo digno de admirar. Y, en todos ellos, resultan ser, además, auténticos maestros. Ahora le toca el turno a un tema de inspiración góspel (“I Wish I Knew How It Would Feel to Be Free”), en el que Susan se desprende de su guitarra y pasa a compartir voz, primero de nuevo con Mike Mattison y, después, con los otros dos coristas, quienes aprovechan su momento de gloria marcándose un duelo vocal de muchos quilates.

A pesar de lo soso que resulta, en general, el público centroeuropeo, la banda ha conseguido ya que el ambiente está bastante caldeado. Y digo bastante y no mucho, porque aún iban a hacerlo subir unos cuantos grados más, transformando un blues de manual (“I Pity the Fool”) en el momento cenit del concierto. Susan primero se desgañita a la voz y luego se marca un punteo de guitarra que hace levantarse a la gente de los asientos. Derek saca su slide, toma el relevo y ataca con otro solo antológico, mientras el resto de los músicos lo dan todo sobre el escenario. Me doy cuenta de que, en ese momento, tengo literalmente la carne de gallina. Ha transcurrido hora y media desde que el show comenzase y ahora sí que se retiran al camerino.

Los sosos y tranquilos suizos han dejado de serlo por momentos y gritan en masa “we want more”. La banda se hace de rogar un par de minutos, pero finalmente regresa con “Freedom Highway”, un tema góspel que los Staple Singers grabaran en el año 65 en una iglesia de Chicago. El escenario pasa a transformarse en altar y Susan adopta funciones de reverendo, cantando el estribillo como si fueran salmos que el resto de la banda repite. ¡Momentazo absoluto éste!


Y casi sin respiro, comienza a sonar “I Want More”, otra de las canciones importantes de su último álbum de estudio. Su ritmo marchoso hace imposible dejar de mover el pie. Derek pretende demostrar que aún no había dicho su última palabra y se marca otro extraordinario solo de guitarra, esta vez sin slide. El tema acaba fundido con una versión del "Soul Sacrifice”, canción instrumental de Santana que les viene como anillo al dedo y en la que continúan los lucimientos en otra larga jam final: primero, nuevamente de Derek y, después, de los dos baterías, que se enzarzan en un bonito duelo.

La banda se despide de nuevo y, esta vez, será de forma definitiva. Miro el reloj y veo que, aunque por poco, el concierto no ha llegado a las dos horas. ¡Demonios! ¡Queremos más! ¡No podéis dejarnos así ahora! Pero se encienden las luces del recinto y suena música por los altavoces. Señal inequívoca de que esto ha sido todo.

Nos miramos, sonreímos y pensamos en la gran noche que hemos vivido y que no se nos olvidará. Todo ello, sin saber que aún faltaría la guinda, en forma de breve, pero animada charla con Derek y Susan. Nos hacemos fotos con ellos, nos firman un setlist y un disco y nos despedimos hasta la próxima. Quizás hayan hecho caso a nuestras súplicas y pueda ser en España...


sábado, 31 de diciembre de 2016

Lo mejor de 2016 (II)


Hace no mucho tiempo, las muescas conciertísticas en mi revolver, podían llegar a cerca de 100 cada año. Disparaba a todo lo que se movía, habitualmente incluso varias veces por semana. Allá donde hubiera una banda tocando cerca (ya fuera buena, regular o, a veces, mala), allí estaba yo. Ello me hizo coger muchas tablas, descubrir un buen puñado de grupos y presenciar algunos shows inolvidables. Pero a costa de invertir ingentes esfuerzos y, sobre todo, de tragarme también mucha morralla.

En el último lustro, las circunstancias me han hecho ir cambiando y, para bien o para mal, ser más selectivo, escoger mejor mis citas y primar la calidad por encima de la cantidad.
Digo esto porque, haciendo recuento y memoria de 2016, veo que son en torno a 30 las veces que he acudido a un bolo. Y algunos de ellos han sido memorables. Otros, simplemente buenos. Pero, en muy poquitos, puedo decir que haya salido decepcionado. Señal inequívoca de que, en líneas generales, la elección ha sido correcta.


Abrí el fuego el 2 de enero, asistiendo en Valladolid a la resurrección de los Crossbones, banda de cabecera de la escena local en los años 90, que llevaba tiempo muerta y enterrada. Y, antes de que finalizase el mes, tuve una nueva oportunidad (y van ya un montón, pero todas ellas buenas…) de ver cómo se las gastan Spike y sus Quireboys. La novedad fue que, en esta ocasión, el show no era en Madrid como en las anteriores que los había visto, sino también en tierras Pucelanas. Y ver allí congregada a toda la parroquia de la ciudad, viejas glorias musicales incluidas, le dio un toque especial y emotivo a la cita.

El siguiente de mi lista fue Chris Robinson, en la visita a Madrid con sus Brotherhood. Y fue ese un concierto de sensaciones encontradas. Quienes me conocen, saben que soy un fanático admirador de los Cuervos, así que sólo el hecho de tener a uno de ellos a dos metros de distancia, ya me resulta grandioso. Pero ¡carajo!, si tengo que echar a pelear el repertorio imbatible junto a su hermano, con esta otra propuesta, sinceramente no hay color…

Y así me planté en mediados de marzo y llegó el primero de mis viajes del año: el gran Johnny Hallyday me esperaba en Toulouse. Sin duda, y al igual que la vez anterior que le vi, el francés nos obsequió con un magnífico concierto.


Con Mayo comenzó la época del año donde se concentraba mi mayor número de eventos. Y, el primero de ellos, fue con Muse, una grupo que, personalmente, nunca me ha interesado demasiado, pero sobre la que tenía cierta curiosidad por ver como se desenvolvían en directo. He de decir que, una vez vistos, dudo mucho que repita con ellos en el futuro. No porque me parecieran malos técnicamente, sino porque la banda se comportó de una forma tan milimétricamente calculada, como fría y falta de sentimiento.


Cuando supe que AC/DC había despedido a Brian Johnson y su reemplazo era, ni más ni menos que Axl Rose, una sensación de tomadura de pelo me recorrió el cuerpo. Tenía tickets comprados desde hacía meses para su concierto inicial de gira europea en Lisboa y enterarme de aquello no me hizo ninguna gracia. Pero, después, preferí olvidarme de la parte mala del asunto, quedarme sólo con la buena (que también la había) y disfrutar al máximo del concierto. Podéis leer aquí mi relato sobre lo vivido durante el show.


Antes de finalizar mayo, Springsteen trajo su “The River Tour” a la ciudad y, por supuesto, yo no podía dejar de acudir a la llamada. Era mi cuarta vez con el Boss y, aun así, la disfruté como si fuera la primera. Aunque su disco The River sonó mucho menos de lo esperado, fue un show emocionante. De esos de corazón en un puño y ojos vidriosos. Sin duda, uno de los grandes del año.

Porque de grande cabe calificar también a Macca y el concierto que nos ofreció en los primeros días de junio. Sí, amigos, no todos los días uno tiene la posibilidad de oír himnos inmortales de nuestra música, como Love Me Do, Let It Be o Hey Jude, cantados por su propio creador. Simplemente maravilloso.

Y, entre el vozarrón de Mike Farris el 10 de junio y la guitarra de Zakk Wylde tres días más tarde, nos plantamos, un año más (y van ya una buena tirada de ellos), en el vitoriano Azkena Rock Festival. Después de haber sido muy crítico con la organización en años anteriores, he de decir que, en éste, las cosas se hicieron mucho mejor y el cartel nos permitió ver varios conciertos muy interesantes (Imelda May, Hellacopters, Blackberry Smoke) y uno memorable: el que, al mando de sus Who, se marcaron dos tipos septuagenarios como Roger Daltrey y Pete Townshend. Aquí relaté lo vivido.


Antes de las vacaciones de verano, aún quedaba tiempo para otro par de emociones fuertes. La primera, con una de mis bandas de siempre: los británicos Iron Maiden que, con su calidad musical y su punto inequívoco de espectáculo y escenografía, pusieron patas arriba madrileño Barclaycard Center. Y, la segunda, con otro mito al que nunca había tenido oportunidad de ver antes (Mr. Robert Plant), quien nos amenizó una agradable velada, en un bonito entorno (Jardín Botánico de Madrid), marcándose un concierto elegante y sencillo, a través de la combinación de canciones propias y temas zeppelianos.


Mis dos siguientes conciertos fueron con un, para mí, ya clásico, al que, en los últimos  tiempos, suelo tener la oportunidad de ver varias veces al año: Loquillo. El primero de ellos, en un festival cántabro, en pleno mes de agosto y junto a los Burning, no era sino la antesala del realmente importante: su esperado paso, el 24 de septiembre, por un abarrotado coso de Las Ventas, que quedaría recogido para la posteridad en audio y video. Y he de decir que, resulta indudable, que el Loco se encuentra viviendo una segunda juventud, la banda suena engrasada y el repertorio que manejan está a la altura de muy poquitos en este país. Pero no me preguntéis por qué, en este nuevo sonido que han forjado tras la incorporación de Mario Cobo a la guitarra, echo de menos algo. Un poco más de contundencia, de punch, de carácter. O quizás es que simplemente echo de menos al bueno de Jaime Stinus.


Sin tiempo para contemplaciones, cuatro días después, llegaba el momento de ver a Red Hot Chili Peppers, una banda a la que, aunque en estudio nunca me apasionó, nunca había tenido aún la oportunidad de pillar en directo. ¿Y cómo fue el bolo? Pues, técnicamente, de mucha calidad pero, sinceramente, me transmitió las mismas sensaciones que me transmiten sus discos. Es decir, pocas tirando a ninguna.

Pero no pasaba nada. Octubre estaba ya aquí y, con él, llegaba a la ciudad uno de los tipos que más arriba estaba en mi lista de “pendientes”: Michael Monroe. Aunque el finés se ha dejado caer por nuestro país unas cuantas veces en la última década, por unos motivos u otros nunca conseguía pillarle. Y empezaba a temer seriamente que lo mío con él fuese una especie de maldición. Pero por fin pude quitarme la espina…y ¡de qué forma! ¡Menudo bolaco, amigos! ¡Creedme si os digo que esos viejos temas de Hanoi Rocks y Demolition23 siguen sonando de muerte!

Tras un breve paso por Toledo, para ver un buen concierto de ese tipo que siempre deja el pabellón alto, llamado Ariel Rot, el mes finalizó de la mejor forma posible con otra banda nacional, la de Jorge Martínez y sus Ilegales, que nos propició en Valladolid una noche para el recuerdo. Ambientazo, juerga y unos tipos sobre el escenario que sonaron como un ciclón. Sin duda una de las sorpresas conciertísticas más agradables del año.

La tarde del domingo 20 de noviembre, se tornó gris, lluviosa y oscura en Madrid. Absolutamente desapacible para casi todo, pero perfecta para ver a Robert Smith y sus Cure destripando, durante casi 3 horas, clásicos a mansalva y deleitándonos con algunas otras joyitas menos vistas en su repertorio. Fue éste para mi el último gran concierto del año.


Pero antes de que terminase 2016, aún quedaban tres balas más en el revolver. La de esos primos pequeños de AC/DC llamados Airbourne, que se marcaron un show breve (muy breve) pero intenso en Madrid. La de ese torbellino de rock n’ roll “patea culos” llamado Los Zigarros, que rindieron una triunfal nueva visita (van varias en los últimos tiempos) a la parroquia vallisoletana. Y, finalmente, la de unos viejos conocidos (aunque ellos renieguen de su pasado) M-Clan, que presentaban en la capital su nuevo y americanizado trabajo “Delta”. Bonito cierre a un bonito año de conciertos.


Pero, si tuviera que quedarme con 10 momentos de entre todos los vividos en 2016, estos serían los elegidos. Mi "top ten" particular del año:

2.- Bruce Springsteen and The E Street Band - Estadio Santiago Bernabéu, Madrid (21/05/16)
3.- Paul McCartney - Estadio Vicente Calderón, Madrid (02/06/16)
5.- Johnny Hallyday- Zenith, Toulouse (12/03/2016)
6.- Iron Maiden - Barclaycard Center, Madrid (13/07/16)
7.- The Cure - Barclaycard Center, Madrid (20/11/16)
8.- Robert Plant and The Sensational Space Shifters - Jardín Botánico, Madrid (14/07/16)
9.- Michael Monroe - Sala Caracol (Madrid) 05/10/2016
10.- Ilegales – Sala LAVA, Valladolid (21/10/2016)

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Lo mejor de 2016 (I)


Se nos va el año, amigos. Un año que, para la música que tanto queremos, ha resultado más que “horribilis”. Desde que, justo hoy hace 366 días, cayera el gran Lemmy, esto ha sido un no parar: Bowie, Glenn Frey, Prince, George Martin, Leon Russell, Keith Emerson, Cohen, Scotty Moore, Sharon Jones, Rick Parfitt, George Michael,…Vaya desde aquí nuestro homenaje y recuerdo sincero para todos ellos.

Cuesta mucho reconocerlo, pero va resultando una evidencia: nuestros músicos de cabecera, nuestras leyendas que creíamos inmortales, se hacen mayores y llegará un momento en que ya no estén ahí para rescatarnos. Me da pavor pensar que todos los años venideros puedan ser incluso la cuarta parte de malos que éste.

Porque no veo un relevo claro. Las nuevas bandas raramente me motivan y cada vez me cuesta más dar la oportunidad a la escucha de novedades discográficas de grupos que no tenga ya catalogados. Me paso la vida oyendo música pero, al final, casi siempre acabo acudiendo a los clásicos. De ahí que, mi selección discográfica del año, tenga poco de novedad y mucho de vieja escuela.

Si tuviera que hacer mención a algunos discos que, aun no teniendo cabida entre mis diez favoritos del periodo, sí al menos consiguieron captar mi atención, cabría nombrar a Doyle Bramhall II y su elegante “Rich Man”, a los Pretenders (¿o he de decir a Chrissie Hynde y Dan Auerbach?) y su irregular “Alone”, a Jeff Beck y su peculiar “Loud Hailer”, a M-Clan y la calidez acústica de su americano “Delta”, al Loco y su cambio de tercio con “Viento del Este”, a The Temperance Movement y su poco inspirado “White Bear”, a Sting y su “de más a menos” “57th & 9th“, a Metallica y su “Hardwired…To Self-Destruct” cargado de buenos riffs, a Steven Tyler y su también irregular “We're All Somebody From Somewhere” (¿por qué no hiciste un disco como Dios manda, Steven, seleccionando 10 temas y tirando el resto de descartes a la basura?), a los Zigarros y la frescura de su “A Todo que Sí”, a Spike&Tyla y su emotivo “The Sinister Indecisions…”, a Joe Bonamassa y su “Blues of Desperation”, a ese magnífico Live in San Diego de Eric Clapton junto a JJ Cale y, por supuesto, al delicioso "Way Down In The Jungle Room” (¡qué grandes recuerdos me trae de mi vista a Graceland!) de Elvis.

Pero, por encima de todos ellos, quedaría la siguiente selección. Mi particular top ten” de 2016:

1.- The Rolling Stones - "Blue and Lonesome" 


¿Un nuevo disco de estudio de los Stones en pleno 2016? ¡Diablos! Solamente eso debería ser motivo suficiente para alegrarnos el día, el mes, el año…qué digo…¡la década! Ya, pero, ¿y el disco está bien? Pues no sólo es que esté bien…sino que es jodidamente bueno. Claro, pero…no tiene temas propios. Son sólo versiones…Efectivamente, así es. Y ¿dónde carajo está el problema? ¿O es que tener a la mejor banda de la historia del rock n’ roll grabando “a pelo”, en tres crudas sesiones de estudio, doce extraordinarias covers (por cierto, nada manidas) de algunos de los mejores bluesmen de la historia es algo que podamos permitirnos el lujo de despreciar o infravalorar? ¡Pues no seré yo el que lo haga! Les reto a que me digan otro álbum, editado en este 2016, en el que haya alguien que cante y toque la armónica mejor que Jagger, en el que se junten tres guitarristas como Keith, Ronnie y Clapton, y en el que haya un batería que toque con más swing que Charlie. No se molesten, amigos. No lo hay. Y sí, sé que cuando digo esto, no soy objetivo. Los Stones son mi banda y todo aquello que hagan o digan, por mí siempre va a ser bien recibido. Pero, en este caso, créanme ustedes, no se trata de amor de madre. Este disco tiene más feeling, más pelotas y más buen hacer que cualquier otro publicado en los últimos tiempos. Larga vida a los Rolling Stones.

2.- The Cult - "Hidden City"


Desde el inconfundible riff inicial de “Dark Energy” que abre el álbum, todo en este “Hidden City” suena muy Cult pero, a la vez (y van no sé cuántas ya…), distinto al resto de sus discos. Oscuro, muy oscuro. Pero, a la vez, esperanzador y místico como su bella portada. Limpio y melodioso. Pero, a la vez, tremendamente agresivo. Original pero, a la vez, inconfundible. Por momentos (“Birds of Paradise”, “Dance the night”), uno cree retrotraerse a la época siniestra de “Love” y, en otros, como en las fabulosas “GOAT” o “Hinterland”, a la de “Electric” o “Sonic Temple”. Pero siempre hay matices distintos que nos recuerdan que estos son los Cult de 2016 y no los de los 80’s. Manteniendo la marca de la casa, pero en perpetua evolución. Porque sí, este es un disco profundo, de matices y muchas escuchas. Con un Astbury que adopta postura de jefe, canta como de costumbre y marca terreno en cada canción. Y un Duffy que hace lo que mejor sabe hacer: repartir guitarrazos a diestro y siniestro, hasta dejar KO a su presa. Palabras mayores, amigos.

3.- David Bowie - "Blackstar"


La última genialidad de un genio. Un disco amargo, enigmático y de difícil acceso pero, a la vez, redondo y bello. Cuyo significado y, sobre todo sus letras, sólo se comprenden analizando el contexto en el que fue grabado (durante la última etapa de su enfermedad) y puesto a la venta (dos días antes de su muerte). Un disco diferente y original, asentado sobre una base de jazz rock experimental, pero en el que se mantienen retazos inequívocos de épocas pasadas del artista. Una despedida a la altura del personaje, cuyo corolario pone esa última bella I Can’t Give Everything Away”, donde Bowie se desangra una y otra vez diciéndonos que no puede revelarnos todo…y ahora entendemos por qué. Un disco que cuesta oír sin entristecerse pero que, al finalizar, deja un poso de obra maestra.

4.- Tedeschi Trucks Band - "Let Me Get By"


Bienvenido. Así es como te hace sentir la música de la Tedeschi Trucks Band. Como encontrarse con algo familiar, cordial, agradable. Como alguien que te recibe con un cálido apretón de manos y una sonrisa en la cara. No lo digo yo. Simplemente, he tomado aquí prestadas algunas palabras escritas en el folleto que acompaña al disco. Pero, lo que sí hago, es suscribirlas plenamente. Porque, si hay algo que tengo claro después de haberlos seguido la pista desde hace ya varios años es que, cada una de las cosas que rodean a esta sociedad (musical y personal) que forman Susan y Derek está colmada de clase, buen gusto y, sobre todo, calidez. Si alguna vez necesitan sentirse acompañados o, simplemente, mejorar su estado de ánimo, háganme caso e introduzcan este "Let Me Get By" en su reproductor. Denle al play desde la inicial “Anyhow”. Déjense llevar por la voz de Susan, la guitarra slide de Derek y su magnífica banda de apoyo. Prepárense para no quitar la sonrisa de la cara durante la próxima hora. Y, sobre todo, siéntanse bienvenidos.

5.- Cheap Trick - "Bang, Zoom, Crazy…Hello"


Kiss, Bolan, Slade, Bowie, Who…todos están presentes, de una u otra forma, en esta delicia de disco. Pero que nadie se lleve a engaños: no estamos ante un álbum de tributo, sino ante una obra fresca, vibrante y con personalidad propia. Cheap Trick saben manejarse como pocos entre la delgada línea que separa el rock n’ roll del hard rock, el glam setentero del power pop. Y, una vez más, dan en este "Bang, Zoom, Crazy…Hello" (bonito título, por cierto) una lección de todo ello. Desde la enérgica inicial “Heart On The Line”, hasta la "All Strung Out” que lo cierra, aquí hay poco o nada que sea aburrido o irrelevante. Pero, ¡diantres! ¡Qué me parta un rayo si "Blood Red Lips” no es ya una de las canciones del año!. Definitivamente, Rick Nielsen y sus chicos viven una segunda juventud y, no sé vosotros, pero yo estoy ya deseando que llegue junio para verlos en directo.

6.- Mudcrutch - "2"


Cuando tienes un nombre como Tom Petty que, por sí solo, puede vender miles de discos y decides publicar tu nuevo trabajo bajo otro seudónimo (por mucho que éste sea el de tu antigua banda de los 70) estás mandando varios mensaje claros. El primero, que no necesitas la pasta. El segundo, que tienes mucha confianza en el material sonoro que acabas de grabar. Y, el tercero, que sabes que te has ganado el poder hacer lo que te dé la gana, cuando te venga en gana. ¿El resultado? Un álbum muy notable de country-rock sureño. Maduro, bien ejecutado y con algunas composiciones brillantes como “Dreams of Flying”, “Hungry No More”, “Save Your Water” o “I Forgive It All” (para cuyo videoclip contó con Anthony Hopkins). Probablemente, no deje de ser un disco de transición, que dé paso a encomiendas mayores. Pero aun así y a la postre, resulta muy disfrutable.

7.- Eric Clapton - "I Still Do"


Puede que Clapton esté haciéndose mayor, pero de ninguna forma está manco. Gracias a él, viví, en el Royal Albert Hall londinense, uno de los momentos más mágicos y memorables de 2015. Y él, es el responsable de uno de los discos más deliciosos editados en este 2016. Que nadie espere aquí fuegos de artificio, producciones sobrecargadas ni composiciones enrevesadas. A estas alturas de película, Clapton ya no necesita nada de eso. Su fórmula pasa únicamente por el buen gusto y la sencillez, puestos al servicio de su voz y su guitarra. Algunos blueses de libro (“Alabama woman blues”, “Cypress Grove”, “Stones In My Passway” o la fantástica “Somebody's Knockin'”) se alternan con registros ya típicos del propio Eric (“Spiral” o la acústica “I will be there”), o bien de su amigo JJ Cale (“Can’t let you do it”). Y, entre todos, dan empaque a un disco elegante y de escucha relajada (que no aburrido). Si acaso hay algo que me desencaja, es el acordeón que adereza alguna de las canciones. Pero, ¿quién carajo soy yo para ponerle peros a “God”? Por favor, un respeto para el maestro.

8.- Jeff Angel’s Staticland - "Jeff Angel’s Staticland" 

              
Descubrí a este tipo cuando actuó al frente de los Walking Papers en el Azkena Rock Festival 2013 y, desde entonces, me confieso enganchado a su carisma y su extraño influjo. Aquel año, su disco de presentación ya me voló la cabeza y, ahora, éste no le va a la zaga. Mientras Duff McKagan (bajista de la banda) se llena los bolsillos con la reunión de Guns N’ Roses, su amigo Jeff decide esperarle, publicando su nueva obra bajo otro nombre: el suyo propio. Pero la música, en esencia, sigue siendo la misma: rock sucio y oscuro, de herencia bluesera (“Everything Is Wrong” o “Tomorrow's Chore”) y furia punkrockera (“Never Look Back”). Con algunos pasajes melódicos (“I'll Find You”) y otros hipnóticos, que casi recuerdan por momentos a los Cure (“High Score”). Pero, sobre todo, dueños todos ellos de personalidad y un inconfundible estilo. Ese que aporta un tipo de influjo extraño llamado Jeff Angel.

9.- The Quireboys - "Twisted Love"


En tiempos como los que vivimos, en los que las bandas clásicas se hacen de rogar, hasta decir basta, a la hora de publicar nuevos trabajos de estudio, los Quireboys suponen toda una excepción, un oasis en el desierto. Prueba de ello es que, este “Twisted Love”, pasa por ser, ni más ni menos, que su cuarto trabajo original puesto en la calle en los últimos cuatro años. Pero ¡ojo!, no se trata de cantidad, sino de calidad. Y, ahí, Spike y sus chicos rara vez bajan también la guardia. Cuando uno pulsa el “play”, ya sabe lo que se va a encontrar: “We’re the Quireboys and this is Rock N’ Roll”. Y en esta ocasión no lo es menos: “Life's A Bitch”, “Twisted Love”, “Torn & Frayed”, “Shotgun Way”,”Midnight Collective”,… Aquí todo huele y sabe a humo, a alcohol y a sudor…A los Cuervos, a los Faces y, por supuesto, a los Stones.

10.- Rival Sons - "Hollow Bones"


Como os contaba en la introducción, raramente las nuevas bandas me motivan y cada vez me cuesta más darles una oportunidad. Pero Rival Sons se la ganaron con su anterior “Great Western Valkyrie” y, desde entonces, no he dejado de seguirles la pista. ¿Supera este “Hollow Bones” a su fantástico predecesor? Pues la respuesta es no. Sinceramente, creo que el listón estaba demasiado elevado. Pero no por ello deja de ser un buen disco, de atmósfera espesa y que gana en matices con cada nueva escucha. Su líder, Jay Buchanan, además de tener una voz prodigiosa, se ha convertido en uno de los frontman del momento. Y, el resto de miembros de la banda, le escoltan perfectamente, demostrando manejarse como peces en el agua en ese blues rock psicodélico que se destila en cada una de las canciones del álbum: “Tied Up”, “Baby Boy”, “Hollow Bones, Pt.1”, “Thundering Voices”,… Sin duda, la banda ha dado con la tecla adecuada. Si os decía que los Quireboys olían a alcohol, a humo y a Stones, esta claro que aquí apesta a ácido, a Zeppelin, a Cream o a los Doors.



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